jueves, 24 de marzo de 2011

Capitulo Trece

Capitulo 13: De problema en problema
Donde no puedas amar, pasa de largo.
(Nietzsche)
Por alguna extraña razón, el desconocido no me simpatizaba tanto como el principio. Era demasiado engreído para mí gusto. Apenas lo saludamos entre las tres, y Katte le preguntó si acaso él había ganado el concurso de historia, sin humildad alguna el extraño dijo que sí. Eso me molestó de sobremanera.
Nos dirigimos a la biblioteca. Extrañamente no solo Victoria parecía encantada con el desconocido, sino también Katte. ¿Adivinan? Eso también me causó fastidio.
—¿Sabes? Has dicho mucho de historia, pero nada sobre tu nombre— susurró una tímida Victoria.
—Yo me llamo Francisco.
Así que ese era su nombre. Me senté en una silla cercana, mis amigas se acercaron a él con unas preguntas sobre la materia. Estaba verdaderamente fastidiada, pero no sabía el porque del asunto.
Fue allí cuando escuché a Francisco darles una gran cátedra, sobre el Chile colonial. Fruncí las cejas, hastiada de tanto parloteo inútil. El ego del tipo podía sentirse a kilómetros de distancia.
Pero disimulé mi enfado lo mejor que pude. Al fin y al cabo, saludé a Francisco para que Victoria lo conociera mejor. Lo más probable era que me sintiera así, porque me estaba excluyendo de toda su conversación. Suspiré y decidí unirme.
—Por eso los humanistas son los mejores.
Ante esas palabras, Katte se molestó aunque decidió callar. Mi otra amiga estaba fascinada, y aunque yo también estuviese de acuerdo con sus palabras, no podía tolerar que tuviese razón en todo lo que proclamaba.
—Eso es una tontería— recriminé sin avergonzarme— el mundo de hoy no es nada sin las ciencias.
—Pues esas ciencias— proclamó Francisco— no son más que las consecuencias de nosotros, seres que se dedicaron a pensar y descubrir.
—¿Perdón niñito? Que yo sepa, ninguno de ustedes podría contra un ejercicio complicado de matemática— “la verdad tú tampoco” me recrimino mi conciencia— ¿Y acaso sabes las proporciones del cuerpo humano? ¿Hay algo más preciso que las matemáticas? ¿Cómo osas burlarte de la física que te mantiene parado? ¿O de la biología que te permite hablar tanta idiotez junta?
De acuerdo esa no era una buena manera de integrarme al grupo. Pero Francisco en vez de enojarse conmigo… se puso a reír de una manera, recordándome al alguien que deseaba olvidar. Por alguna razón el calor subió a mis pobres mejillas, pero sacudí la cabeza y sencillamente crucé los brazos.
Las chicas le hicieron otra pregunta, y el tema pasó sin pena ni gloria. Luego de eso él dijo que tenía que marcharse a casa. Mis amigas quisieron ir de inmediato con él.
Yo tan solo suspiré deseando que todo se acabara pronto. Decidí dejarlos en una esquina, para tener el resto de la calle para pensar tranquila.
—Cuídalas bien— le recomendé a Francisco.
—Como ordene la señora.
Me despedí de ellos. Pude acompañarlos a decir verdad. No tenía prisa, pero seguir al lado del ego ambulante me producía nauseas.
Cuando vi las caras de alegría de ambas, algo se pasó por mi mente. Eran realmente felices. Y eso me provocó desazón. La tristeza oculta durante todo el día tenía tantas ganas de salir de mi pecho. Pero estúpidamente me la tragué respirando hondamente.
Yo no volvería a llorar por Antonio. Seguiría con esta mascara de arlequín que pretende ser feliz… aunque no sabía por cuanto tiempo pudiese seguir sosteniéndola.
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—¡Es tan lindo!— chilló Victoria en mi oído.
La miré con gesto de duda. Ella estaba totalmente embobada. Lo encontró perfecto en todo sentido. Dijo que cuando se fueron juntos, había sido demasiado genial.
—Es un arrogante, idiota y…
Me quedé en silencio, pensando en cuan parecidos eran.
—Tú dices eso porque no lo conoces.
—Victoria solo estuviste con él unos minutos más que yo.
Pero ella estaba instalada en su cielo particular. De cierta manera sentí envidia.
Estaba en esa parte linda, donde todo se nota perfecto.
¿Acaso volvería a sentirme así? De ilusionada, arrebatada y feliz.
Era triste pero ponía toda esa circunstancia en duda.
Felipe apareció por la puerta. Nos saludó con un gesto de la cabeza, para luego tocarme el ojo, visiblemente preocupado.
—Deberías dormir más— sentenció dejando sus cosas en la mesa.
Desvié la mirada intentando cambiar el tema.
—¿Sabías que ayer conocimos a un ego con patas?— le susurré molesta
—Vamos Ange no fue para tanto… aparte tú le hablaste primero.
Y no tenía idea de cuanto me arrepentía.
La gente seguía llegando a la sala. Felipe y Victoria se pusieron a conversar de manera animada, aunque yo seguí concentrada en mis pensamientos fatalistas. Me arrojé sobre el pupitre, subiéndole el volumen a mi mp3.
Totalmente absorta por la música, un ruido llamó mi atención. Rápidamente me saqué los audífonos y me senté derecha, pensando en que el profesor había llegado y estaba sentado en su puesto.
—¿Qué tal?
Y para que mi día empezara mejor, nada menos que Antonio enfrente de mis narices.
—Nada— respondí secamente, desviando la mirada hacia la ventana.
Él suspiró intentando llamar mi atención. Seguí con la vista clavada hacia el patio, sin ganas de volver a mirarlo. Sentía miedo, de perderme en su mirada y sentirme tan idiota como antes. De perdonarlo de inmediato, sin pensar en todo el daño causado.
Justamente cuando estaba a punto de mirarlo, a punto de rendición Alejandra llegó. Se le sentó en las piernas sin ningún recato, dándole un beso largo y hondo en los labios.
Y yo que pensaba que solo los animales marcaban territorio.
Antonio no se soltó del agarre. Entonces ella se alejó y le sonrió gustosa.
Felipe, quien también como yo admiró la escena completa. Me miró y yo suspiré.
—Ange hay cosas que no valen la pena— sentenció enfrente de ellos— y a veces es la gente quien no vale su tiempo.
Le sonreí. De alguna manera saqué fuerzas para superar ese momento, aunque fuese de manera provisoria.
El futuro no sería tan malo, siempre que contara con amigos que me apoyasen.
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No tenía muchas ganas de estar con gente. La verdad estaba algo cansada de pretender estar bien todo el tiempo. Cuando le comenté a Katte que hoy me iría sola a casa, ella no me sonrío como esperaba. Me miró de manera desconfiada, y entonces suspiro cansinamente.
—¿De veras estarás bien sola?
—Te mentiría si te dijera que si Katte. Pero realmente quiero estar sola.
Luego de la escena provocada por Alejandra, realmente necesitaba estar sola. La única manera en que podría golpear las paredes, chillar y caminar con los puños apretados, sin miradas de preocupación rondándome.
—¿Te ha afectado mucho… verdad?
Fruncí el seño ante esas palabras. Se suponía que solo Felipe, el único observador de la escena sabía de lo ocurrido.
—No te enojes— susurró— él está realmente preocupado por ti ¿sabes? Todos lo estamos, por eso no queremos dejarte sola.
—Eso es lo que quiero evitar— me comencé a enfadar, y eso lamentablemente solo logró molestarme de peor manera— sé que soy injusta, pero no soy una cría de seis años— me crucé de brazos
—Pero Ange…
La silencié sin ningún gesto. Mi gran y enorme problema es que soy la persona más orgullosa que ha pisado el puto planeta.
Este estúpido complejo de no necesitar a nadie. Y la rabia acumulada por cada uno de mis poros, hicieron que dijera unas palabras de las cuales me arrepentiré toda la vida.
—Estoy harta que me traten casi como una invalida, estoy harta de verlos a todos preocupados por mí… ¡Qué se han imaginado todos ustedes! No tengo ninguna enfermedad invalidante ni muchos menos. ¡Y no me mires con esa cara de pena, que me dan ganas de rompértela!
De acuerdo lo admito. Katte no se merecía esas palabras. Pero ¡demonios! Yo estaba tan enojada conmigo misma.
—Angélica… ¡Eres una tonta!— chilló con todas sus fuerzas— ¡Has lo que se te de la regalada gana!
—¡Eso haré!
Ella se alejo de mi lado, pude observar que hacía fuerzas sobrehumanas para no llorar.
Soy un ser despreciable.
Tomé fuerzas y aspiré mucho aire por los labios. Era una idiota de primera clase. Katte solo estaba preocupada por mí, era por supuesto mucho mas sensible que yo. A sabiendas de todo estoy voy y le grito esa barbaridad.
El amor nos pone a todos idiotas. Esa idea que nació de mis pensamientos, logró enfadarme muchísimo más.
¡Antonio es el culpable! ¡Ese hijo de puta tiene la culpa de todo!
Darle unos cuantos insultos en mi mente, me alivio un poco por muy tonto que fuese. Tenía tantas ganas de gritárselos, de reprocharles horas, escritos y noches de sueño… pero eso no era posible. Mi propia forma de ser me impedía hacerlo.
En eso estaba caminando de manera lenta a mi hogar, cuando alguien me tomó por el hombro y me dio la vuelta.
—Hola “señora”
—¡Que desagradable! Niñito porque no te vas a jugar con tierra.
Era Francisco. Su mirada de color azul se clavó en la mía. Esa intensidad me recordó a otro idiota, así que corrí la vista algo turbada.
—¿Y tus amigas?
—¿Qué te importa?
—Oh vamos… no puedes ser una amargada todo el tiempo. Vengo en son de paz.
—No veo ninguna bandera blanca— comenté sin ganas de seguirle el juego.
Él tan solo se rió mucho mas divertido. Yo bastante enfadada me di la vuelta para irme.
—¿Dónde vives?— comentó siguiéndome— te apuesto que en un cementerio, digo por la cara de muerta que traes.
—Traigo esta cara, porque un idiota me esta siguiendo sin mi permiso.
—Tus palabras me duelen tanto— realizó un gesto de burla, el sarcasmo teñía cada una de sus palabras
me detuve en seco. Este tipo no tenía ni la mas mínima idea de con quien se metía.
—Suficiente— le corté en seco— o me dejas sola, tranquila como estaba antes, sino te aplastaré esa nariz tan horrible que tienes.
No sonó en broma, ni siquiera amenaza. Él no se rió y solo observo el piso.
—Realmente estas enfadada… ¿pero es necesario descargar tu enojo con todo el mundo?
Esas palabras lograron relajarme. Aunque claro nuevamente me sentí culpable, recordé el rostro de Katte y volví a amargarme.
—Luces triste… solo intentaba distraerte. No pareces el tipo de persona que acepte el consuelo de otros.— suspiró algo agotado— debió ser mi culpa también ¿Quién me llama a meterme en líos ajenos?
Sus palabras nuevamente me recordaron a Antonio sin poderlo evitar. Es que él hacía exactamente lo mismo. Comentaba que le era más fácil tolerar mi cara de enfado, no podía verme llorar. Y eso extrañamente me hacía sentir mejor.
Observé los ojos de Francisco y me sentí intrigada por el brillo que estos poseían.
—De acuerdo niñito puedes acompañarme. Eso no significa que seré amable ni mucho menos— aclaré enseguida.
—Seré tonto pero nunca tanto. ¿Vamos a pasear?
—¿Por qué no?
Continuará.
Nota: Como se darán cuenta el mal humor y no dormir le sacan la cuenta a Ange. Gracias por esperar pacientemente (para que hablar que mi computador es una mierda mientras no me pueda proveer de otro… ¬¬ si hasta mi me hincha las que no tengo xD)
Gracias por pasarse ^

jueves, 10 de marzo de 2011

Capitulo Doce

Capitulo doce: Inercia
“Fue tan corto tu amor…que es como si nunca hubiese existido. Y eso es lo peor de todo”


Un, dos y tres.
Finalmente la alarma de mi velador sonó con instinto asesino. Era demasiado cruel conmigo, yo solo quería mantenerme entre las sabanas protectoras.
El día llegó, aunque yo no lo quisiera. En mi velador reposaba mi pequeño diario, un cuaderno sin pretensiones, él cual se encontraba todo escrito por la noche de desvelo. Aparté el pelo de mi cara, mientras lo releía con atención.
Prácticamente había escrito sin descanso toda la noche. Remarcando con amargo placer como las horas pasaban, sin poder dormir como siempre.
—¡Tengo que levantarme!— dije animándome.
Pero solo terminé tirada sobre el colchón nuevamente. Las ganas de definitivamente quedarme en casa se hacían demasiado tentadoras… hasta que sonó.
Mi celular chilló, chilló y siguió chillando hasta que resignada lo contesté
—¡Mira su tienes ganas de joderme…!
—¡Ange!— dijo Katte por el otro lado de la línea— espero que estés levantada… ¡Todos tus amigos te esperan!
Eso logró que me despegara de mi cama. Miré hacia mi espejo y observé mi rostro demacrado… esa visión de mí misma, derrotada, humillada y sufrida… era demasiado para mí. ¡Angélica es fuerte! ¡Nunca volverá a ser débil!
—¡Soy una tonta!— me grité a mí misma— ¡Esto se acabó!
Agarré el teléfono para gritarle a mi mejor amiga.
—¡Ya era hora! ¡Los quiero a todos puntuales en la puerta del liceo!
Aunque no pudiese ver el rostro de mi mejor amiga, supuse que sonreía… al fin aliviada.
—Te esperaremos.
Corté el teléfono, decidida a quitarme esa cara de pena que tenía pegada desde hacia tiempo. Sabía que sería difícil, casi imposible pero ya no tenía nada más que perder de todas maneras. ______________________________________________________

Levanté mi mano derecha intentando imprimirle ánimo. Todos los chicos me esperaban en la entrada del liceo, Felipe, Katte, Victoria y una nueva chica a su lado. Ellos me sonrieron con naturalidad. Intenté que saliera tan natural como ellos, pero no pude.
—¿Vamos a dejar a Katte a su sala?— pregunté para evitar el momento de encontrarme a Antonio.
—Claro Ange como quieras— contestó Felipe.
—Yo me los adelantaré— comentó Victoria, llevándose del brazo a su nueva compañera. Miré con cara incrédula a Felipe al reconocerla.
—Después te explico.
Caminamos los tres. En el camino mi mejor amigo me relataba de una de sus últimas conquistas. Todos nos reímos en conjunto cuando él acabo su relato.
—¡Nos vemos!
—¡Claro al recreo!— la despedí con una señal de la mano, y ella me la devolvió gustosa. Luego de esa corta despedida, me dirigí junto a Felipe a nuestra sala.
—No sé si este sea el momento para decirlo— comenzó él interrumpiendo nuestro silencio.— Pero sé…
—Descuida— lo corté al seco—en realidad no tiene nada de malo. Aunque no sea yo quien te lo dijera.
Felipe asintió en silencio
—De todas maneras es incomodo saber por otra persona— continuó— sé que tienes tus secretos, yo tengo los míos.
Le sonreí.
—Algún día cuando esté lista, quizá pueda contarte todo. Pero por ahora no… es que sencillamente no puedo ahora.
Habíamos llegado a la sala. Él me tomó de la mano para infundirme valor. Tragué saliva, aunque me sentía que estaba sobreactuando de una manera atroz… cuando finalmente los vi.
¿La verdad? Era como si nunca nada hubiese pasado entre ellos. Y eso me dolió en el alma. Secretamente deseaba que por lo menos, hubiese señales de parte de Antonio, algo que me dijera que me extrañaba de alguna manera. No fue así, para ellos, para el hermoso cuadro de pareja que hacían… yo nunca existí.
Mi amigo tomó mas fuerte mi mano. En ese entonces me percaté que esto no era una pesadilla, ni nada por el estilo. Era algo que debía afrontar, eran las consecuencias de mis actos.
“Hora de entrar a escena”
El orgullo me dominó por completo. Tomó el control de mi cuerpo para no dejarse salir en un buen tiempo. Me di el lujo de mirar a Antonio por largo rato, sin mostrar signos de enfado ni nada. En ese momento se materializaba la frase “lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia”
Así sin ningún traspié de mi parte, los ignoré olímpicamente. Solté la mano de Felipe, y con una enorme sonrisa de gato complacido me senté en mi lugar.
Felipe me observó preocupado.
—Angélica…a veces me asustas mucho más de lo que piensas.
Le devolví una falsa sonrisa.
—¿Te he dicho lo mucho que me agradas, cuando me halagas tanto?
Él sonrió de buena gana.
—Esa es mi chica.
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Fue un día bastante peculiar. Ni siquiera intercambié ni una palabra con Antonio, como si ambos hubiésemos hecho un pacto de silencio absoluto. Tampoco fue un mal día, entre todos estuvimos mucho rato riendo, conversando y tirando papeles como pequeños que aún éramos.
Aunque en el fondo me sentía mal… y algo sola, pero lo compensaba volviendo a reír por idioteces.
A veces mis amigos me miraban de reojo, como queriendo saber más del asunto. Desviaba el tema de manera bastante infantil, hasta que se me ocurrió preguntar.
—¿Y acaso ustedes no han hecho nada digno de contar?
Victoria al escuchar estas palabras, bajo la vista un poco avergonzada. Los dos intercambiaron una mirada cómplice. Sonreí burlona.
—¿No tenían tantas ganas de hablar? ¡Vamos es su oportunidad!
—Esta bien— dijo ella derrotada— ¿Te acuerdas de ese chico…?
Me costó recordar de qué me estaba hablando. Luego recordé el sobrenombre y contuve la risa con dificultad.
—¿Te refieres a… “humanista gay”?— dije haciendo las comillas con mis dedos.
Cuento corto del porque de ese gran apodo. Victoria un día lo vio en el patio del recreo. Me lo señaló con la mano y le dije, tiene cara de humanista. Y ella acoró con su frase de oro “también parece gay”. Así el desconocido se ganó un nombre original.
—¿si me acuerdo? ¡Es imposible olvidar algo así!
—¿Si te dijera además… que bueno… él?
Miré nuevamente a mi amiga con los ojos brillantes de emoción.
—¡Que alegría! Le hablaste verdad. ¿Cuándo lo hiciste? ¿Cómo no me enteré? ¿Acaso estas loca que no contaste nada? ¿Cuándo es la boda?— solté atropelladamente, mas al ver el semblante avergonzado de Victoria, supe que algo no encajaba en mis brillantes deducciones.
—Déjame adivinar— resoplé— ¿No le has hablado?
Ella asintió en silencio. La campana para salir de clase sonó, casi como un signo de burla hacia ella.
—Entonces hoy le hablarás.— sentencié de manera clara.
—¿Perdiste la razón?— ella se puso colorada—No puedo… es decir… ¡Claro que no por ningún motivo!
—Simple… yo lo haré por ti— dije tomando mi mochila, mientras me largaba rumbo a la cafetería. Victoria se quedó en silencio, clavada al piso de la sala.
—¡Angélica! ¡Estás demente!— chilló corriendo para alcanzarme.
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Salimos las tres de la cafetería. Katte, Victoria y yo estábamos como siempre, a punto de asfixiarnos de tanto reírnos. En eso me percaté de que me faltaba algo importante… mi croquera, en la cual dejaba los borradores de mis historias.
—¡Ya vengo!
—¡No te esperaremos!— gritaron ambas a dúo.
Sonreí mientras corría por el pasillo de vuelta al casino. Busqué en todas las mesas, más no la encontraba. Finalmente apareció en la última de estas. Algo aliviada fui a recogerla.
Suspiré aliviada mientras la tomaba entre mis dedos.
—Deberías tener mas cuidado— dijo alguien cerca de mí.
No tuve que darme la vuelta para saber quien era. Agarré mas fuerte la croquera, al punto que las uñas se tornaron de color blanco.
—¿Cómo has…?
Pero no pudo continuar. “alguien” realizó una llegada magistral. Pasó por enfrente de mí, para abalanzarse sobre él. Gracias a Dios aun estaba de espaldas, así que pude ahorrarme la encantadora escena. Tan solo salí corriendo, intentando no ponerme a llorar ahí mismo.
¡Imbecil! ¿Qué demonios se cree preguntándome esa clase de cosas? ¿Es un idiota o se hace? obviamente no estaré bien en un largo rato. Como si no supiera cuanto lo he querido, y cuanto lo seguiré queriendo.
Detuve mi carrera en seco cuando comprendí mis propias palabras. Mis pensamientos fueron veloces… pero sacaron a la luz algo de lo que no me había percatado.
No sé cuanto rato estuve ahí, de pie tan sorprendida. Alguien pasó a mí lado, vio mi cara, supongo que algo pálida y se preocupo.
—¿Ange? ¿Te encuentras bien?
Levanté la vista para encontrarme con los ojos de Ignacio. A lo lejos vi las siluetas de Katte y Victoria que miraban sorprendidas. Entonces recordé el porque de nuestra salida juntas, la apuesta hecha y todas las cosas que prometí. Pero solo el escuchar a Antonio hacía que las olvidase. Soy una tonta.
—¿Eh? Bien claro que si— mentí apresurada— mis amigas me esperan. ¡Chao!
Claro que él no se compró la mentira.
—Si quieres hablar… tú sabes.
—Claro— comenté al vuelo, no muy interesada.
Apresurada, llegué donde estaban mis amigas.
—¿Desde cuando tú e Ignacio son tan amigos?— preguntó Victoria de manera inquisidora.
¿Amigos? Yo no era amiga de él estaba claro. Podíamos conversar de todo un poco, pero no me consideraba su amiga aún.
—Para nada— aclaré.
Ambas siguieron con sus miradas de duda.
—¿Te gusta?— siguió molestándome Victoria.
—¡Claro que no!
—Eso parece un claro que si— comentó Katte divertida.
Siguieron con sus bromas, a pesar de mi advertencia de que me las pagarían. Cuando atravesamos el pasillo, para llegar al patio mi oportunidad se presentó.
Era el chico que dejaba muda a Victoria. Entró al baño, se mojó el pelo y salió en dirección hacia nosotras.
Nunca supe que me pasó. No era de hablarles a desconocidos a base de nada. Supongo que fue el encuentro con Antonio, y todo el resentimiento junto de esos últimos meses. Realmente no sabré nunca que me motivó.
Pero yo estaba siguiéndolo hasta que me paré en frente de él. El chico abrió sus ojos sorprendido, mucho mas cuando le dije un hola alegre. Educadamente me respondió de vuelta, sonriéndome también.
Si yo hubiese sabido en los líos que el extraño me metería, seguramente jamas hubiese cruzado palabra con él.
Continuará

lunes, 21 de febrero de 2011

Capitulo once

Antes que nada. Gracias por sus visitas, me emocionan de manera que no tiene idea y antes de publicar el cap… solo pido que no me maten… ¿Vale? xD
Les dejo con los significados de los nombres de nuestros protas.

-Angélica nombre femenino de origen latino eclesiástico "angelicus", cuyo significado es "Aquella que es angelical" o "Aquella con gran parecido a los ángeles por su candor y gran belleza"
Ange se muere si sabe que esto significa su nombre xD
-Antonio, nombre masculino originado de un gentilicio romano "Antonius", su significado "Aquel que es digno de alabanza o estima"
Para que hablar de cuanto le subiría el ego a Antonio xD
Y ahora si el cap ^^(Mabel se encierra en un refugio anti-bombas xD)
Capitulo 11: Creí
"Creí escucharte cantar.
Creo que creí verte intentar
Pero eso fue sólo un sueño,"
Losing my religión – REM
El teléfono volvió a resonar en mi bolsillo. Lo saqué de allí para observar quien me llamaba. Por supuesto, era la séptima vez que Katte intentaba comunicarse conmigo sin éxito alguno. Suspiré y guardé el celular en su lugar.
Sabía que no era sano, pasar exactamente todos los días de vacaciones de invierno encerrada en mi pieza. Pero no anhelaba moverme, ni siquiera si llegase a terremotear.
Los pasos de mi mamá inundaron el pasillo. Golpeó la puerta, cosa tonta porque igual entró sin pedirme permiso, con el teléfono de la casa en mano.
—¿Puedes por favor hablar con Katte?— señaló enfadada.— O anda a su casa… lo que sea para que deje de llamar.
Me incorporé sobre la cama. La observé sin gesto alguno y alargué el brazo.
—Mucho mejor— me lo entregó y salió de mi pieza.
—¿Aló?—comenté resignada.
—¡Ange! ¡Donde has estado!— tuve que alejar el auricular de mi pobre oído— necesito saber que pasa… ¡Ahora!
—Te veo en una hora en el parque— le comenté secamente, para cortarle con violencia, y hacerme el animo de arreglarme para salir.
Aunque yo llegué con diez minutos de retraso, mi mejor amiga me recibió animada. Comenzó a relatarme de todas sus actividades de invierno. Con amplios gestos intentaba traspasarme su energía, aunque sus intentos fuesen inútiles.
Ella se detuvo en seco de lo que estaba contándome. Me observó de pies a cabeza y explotó sus verdaderas intenciones.
—Por favor Ange— la voz de Katte se quebró en ese momento. —Tú sabes que detesto verte actuar de esa manera.
—¿Qué manera?— solté indiferente y sin mirarla.
—¡De esa manera!— se colocó enfrente de mí—¡Quiero saber que te hizo Antonio!— gritó con todas sus fuerzas.
Yo la miré impresionada. No había mencionado su nombre… hace unas cuantas semanas, cuando todo definitivamente se fue al carajo.
Pero mi mejor amiga, la pequeña Katte sabía de antemano lo que me sucedía.
—Pareces una autómata— continuó un poco mas despacio— lo haces todo por inercia, ya no sonríes como antes…— se detuvo solo un poco.—Ya no sé donde está mi mejor amiga.
Ni siquiera yo podía responder esa pregunta. Mi esencia escapó hace unas cuantas semanas atrás y no ha dado señales de volver nuevamente.
—Esta bien me rindo— solté algo molesta— ¿Dónde te perdiste?
—Recuerdo que al parecer se quedaron un día junto después de clase.
—Ese día…— dije intentando que los recuerdos no me asaltaran.
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El otoño se acababa, y el invierno comenzaba a despertar.
Un intenso frío comenzaba a reinar por las calles, aunque yo pocas veces podía sentirlo.
La verdad es que era inmensamente feliz. Reía con absolutamente todas mis ganas, y viví entre medio de las nubes con todas mis fuerzas… lamentablemente la caída duele más cuando caes de tan alto.
Por lo general me quedaba con Antonio, luego de clases.
En esos momentos solíamos conversar como antes, pero ahora yo podía acunarme en su pecho y quedarme en paz, durante todo el tiempo que podíamos.
Ha veces solo nos quedábamos en silencio, y el acariciaba mi cabello mientras hundía la nariz en ellos. Aunque todavía no se atrevía a besarme.
Y eso me tenía totalmente intrigada.
—¿Aún no lo hace?— me preguntó Katte con una sonrisa despectiva.
—Si no quieres creerme es cosa tuya.
—Mira a quien se le pegan mañas— ella sonrió, y mis mejillas se colorearon por ese comentario— pero pasan mucho tiempo juntos… ocurrirá alguna vez.
Y eso me ponía nerviosa de una manera brutal.
A veces Antonio se acercaba a mi rostro, solo ese gesto lograba que mi corazón se colara en mi garganta, me temblaran las piernas y no pudiese responder coherentemente.
Cuando esto sucedía, él se reía sin ningún tono de burla y acariciaba mi cara delicadamente.
—Eres tan… adorable aunque me duela admitirlo.
Pero cuando decía eso, a mí me dolía un poco. Porque él lo decía como si fuera… bueno, como si fuese una niña.
—No soy tan niña— comentaba y mis mejillas se inflaban.
Y él reía más.
—Es que yo… a mí me encanta esa parte de ti.
Nuevamente nos envolvíamos en un silencio agradable.
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—¿Si estaban tan bien…?
—Nosotros no estábamos bien Katte— la contradije— él tenía todas las libertades y ninguna obligación conmigo. Apenas yo me daba la vuelta él corría a los brazos de Alejandra.
—¿Y tú…?
—Aún no llegamos a esa parte— comenté sentándome en una banca del parque— ¿sigo?
Ella también lo hizo.
—Por supuesto.
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—¿Qué hay de las rosas?
Antonio soltó esa pregunta de la nada. Intenté relacionarla con algo que dije, pero no supe el porque de esa pregunta.
—¿De que hablas?
—¿No me hablabas de la pelea con tu mamá?
—¿Cuándo me dijo que los cactus tienen espinas, porque por dentro son esponjosos? Si fue totalmente desagradable cuando me comparó con eso…
—Las rosas son iguales— susurró él por lo bajo. Y yo volví a ponerme roja por el comentario.
Sus dedos acariciaron mi rostro con delicadeza.
—Mira ahora eres una rosa roja— se acercó a mí de manera peligrosa para dejar un beso en la comisura de mis labios.
Pero ese jueguito de tira y afloja me estaba aburriendo. Así que decidí ir más lejos y soltar lo siguiente.
—¡Vamos como si pudieras hacerlo!
Él me miró de manera extraña.
—¿Qué me dices pequeña?— me sostuvo la mirada con tanta pasión que tuve que bajar la mía.
—Eso… no puedes… tú sabes.
Se acomodó en su costado. Con la sonrisa torcida, como ganador absoluto.
Y esa parte de él, que antes tanto odiaba, ahora me fascinaba como una idiota de primera.
—¿Qué cosa?
—¡No te hagas el tonto!— solté con la cara colorada— sabes muy bien a lo que me refiero. Sus ojos se tornaron serios de la nada.
—¿No lo entiendes verdad?— dijo aproximándose con cautela— yo no quiero… no deseo herirte. Pero… una parte de mí.
Se acercó más y más. Instintivamente cerré los ojos, pero luego su calor se fue.
Algo frustrada me alejé y cerré mis brazos en jarras sobre mi pecho.
—¿Me ves como una niña?— ataqué enojada— acéptalo, ni siquiera cuando Sebastián te "obligó" a besarme pudiste— seguí irritada—¿sabes que creo? Que realmente no puedes hacerlo, así de simple y directo.
Él se quedó de una piedra al escucharme. Arrugó su ceño y de la nada, parecía más enojado que nunca.
—Y ahora me dirás "piensa lo que sé te de la gana"— ironicé más molesta por su actitud.— me retiro.
Hice el gesto de pararme, mas él me retuvo tomando mi brazo. Su gesto de enojo desaparecía. Estaba tan serio que casi me intimidaba.
Mas le devolví el gesto con tanta terquedad como me fue posible.
Intenté decirle algo, pero entonces él se aproximó y se apoderó de mi boca de lleno.
Abrí los ojos, más impresionada que otra cosa más que nada. Antonio siguió degustando mis labios, como quien los hubiese deseado desde hace tanto tiempo… me sentí helada por la pasión destilada en ese gesto, tan sencillo pero tan complejo a la vez.
Antonio me soltó, respirando igual de agitado que yo. Le costó un rato poder mirarme a la cara otra vez.
—Nunca me digas, qué no puedo hacer.
Desvié la mirada confundida.
—¿Qué fue eso?— pregunté con los ojos clavados en mis zapatos.
—Yo… la verdad no lo sé.
Cuando él me dijo esas palabras, lo bello del momento se desvaneció. Para él solo había sido eso… un beso. Para mí era algo, quizá lo mas importante que pasó entre nosotros.
Pero eso no significaba que estaría a mí lado. Eso tampoco quería decir que la hubiese olvidado.
Y de repente eso me dolió muchísimo más de lo que creía.
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—Sencillamente después él se terminó alejando de mí— concluí— tomó todo lo que quiso, me dejó como una idiota. Y a las pocas semanas Alejandra publicaba en msn que estaban de vuelta— con algo de sarcasmo terminé diciendo— "ahora son novios oficiales"
Katte dio otro suspiro. La miré para ver que opinaba ella sobre todo el asunto.
—De veras que no lo entiendo. Aunque supongo que tú miles de veces lo preguntaste… pero en verdad no lo entiendo. Yo de veras pensaba que él te quería.
—Yo también, y ese fue mi error.
Nos quedamos un momento en silencio. Hacía tanto frío, pero en realidad para mí, no tenía nada que ver con la temperatura. Era como si mi corazón no pudiese funcionar.
—Se escucha lindo al principio… pero luego como que, ya no— soltó Katte de la nada.
—La verdad fue así todo el tiempo— suspiré— siempre supe que ellos volverían, que incluso luego de eso, él correría detrás de ella.
—Y eso te lo dijo…
—La misma Alejandra— se me secó la voz— y no precisamente se juntaban para ver la puesta de sol ¿sabes?
Katte que era tan lenta para algunas cosas, podía ser rapidísima para otras.
—¿Acaso me estas insinuando qué…?— chilló en mi oreja, para luego ponerse colorada de la impresión.
—Si eso mismo— me tiré sobre el banco del parque.
Ella me miró de reojo. Quizá intentando vislumbrar la pena entre medio de mi desinterés.
—Ahora entiendo mejor las cosas. ¿Por eso has estado tan alejada en estas vacaciones de invierno?
—Algo así… si me juntaba contigo, sabía que tarde o temprano terminaría contándote lo que pasó.— apoyé mi cara en mis manos— he estado huyendo de todo lo que sea hablarle o hablar de él.— cerré los ojos.—lo siento por estar tan alejada esa temporada.
—Yo… bueno todos nosotros te vimos tan feliz— Katte jugó con sus dedos nerviosa— la verdad ahora me siento algo culpable. Tú sabes por animarte y todas esas cosas. Pero cuando leí por msn que ellos estaban juntos de nuevo— tragó la saliva— no entendí nada, y quise juntarme contigo desde ese día. Pero tú te me escapas con cualquier excusa tonta.
Volví a suspirar y a sentirme culpable. Ella estaba tan preocupada por mí, y yo solo la alejé de mí lado. Todo porque era demasiado terca, orgullosa y estúpida como para darme cuenta que mi estado la afectaba. Porque era mi mejor amiga y siempre lo sería.
—¿Y que harás cuando regresemos?
El regreso. El inevitable regreso de verlos juntos. De aguantarme todo la mierda cuando los veía juntos.
—Estoy asustada… no sé como reaccionaré.
No quedamos un rato calladas.
—Es como esa canción… ¿sabes?— solté de la nada— "Creo que creí verte intentar, pero eso fue sólo un sueño"— le dije— se llama "perdiendo mi religión". Es como si creer en todos, hasta de mí misma… fuese imposible en estos momentos.
Katte me miró nuevamente con culpa. Tomó mi mano y logró sonreírme a pesar de todo.
—Siempre has cuidado de mí… ahora yo te cuidaré.
—No es necesario, de veras.
Ella lo negó con la cabeza.
—Al menos lo intentaré aunque no quieras. Y cuando mi mejor amiga esté de vuelta, nos reiremos de todo esto. Solo será un mal recuerdo que se coló por la ventana.
Los ojos miel de ella no me permitían decirle que no.
—No te preguntaré más… aunque sé que muchas más cosas pasaron— continuó— cuando estés lista me lo dirás. Ahora iremos a la heladería por algo grasoso, lleno de crema y chocolate.
Le medio sonreí al escucharla.
—¿Y por qué no?— le respondí, levantándome para seguir adelante como siempre lo había hecho.
Continuará.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Capitulo Diez

Vete
Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal.
Friedrich Nietzsche (1844-1900) Filosofo alemán.
“Los días pasaron de manera algo inusual. Era casi como si estuviese viviendo en sobresaltos, apenas dormía y comía con regularidad.
Del enojo de la otra vez, poco quedó luego de que él se disculpara… si soy una idiota
A veces me encerraba escuchando música deprimente, para luego andar caminando casi como si flotase en una nube. Una especie de extraño hechizo el cual ignoraba si era bueno o malo.
Hablar con Antonio era un suplicio, aunque no me alejaba de él, y buscaba pretextos como idiota para hablarle. Él ya no hablaba conmigo como antes y eso me exasperaba, y me deprimía demasiado.”
Dejé el lápiz a mi lado luego de escribir estas palabras en mi diario. Luego suspiré con cansancio, y luego sonreí como una boba.
Entonces el teléfono sonó en la planta baja. Fui velozmente pensando que era Katte.
Nada de eso, era la misma Alejandra quien me llamaba.
— ¿Aló?— respondió ella.
No quería contestarle. Era demasiado doloroso… y hablarle solo hacía que la culpa recayera nuevamente en mi conciencia. Tragué saliva y tan solo respondí.
—Hola Alejandra… ¿qué tal?
Ella se quedó en silencio. Luego suspiró y me preguntó.
—Seré directa… ¿te gusta Antonio?
Vaya, ella si que no se hacia rodeos.
Mis labios dudaron de decir la respuesta. En realidad dos de mis partes peleaban en mi interior. Podía mentirle eso era claro pero… ¿eso no sería peor al fin y al cabo?.
Algo salado me recorría las mejillas. Sin casi percatarme nuevamente estaba llorando.
—Si— contesté con la garganta entrecortada.
Quise decirle un lo siento. Pero no pude, las palabras murieron en mi garganta aún antes de poder pronunciarlas. Pude sentir que ella también lloraba al otro lado de la línea.
—Ya veo…
Luego el sonido de quien ha cortado el teléfono llegó a mis oído
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— Y eso fue lo que pasó— dije.
Katte me sostuvo la mirada por largo rato. No supe si esos ojos me juzgaban o pensaban en algún consejo para mí, era una mirada indescifrable.
—Sabías que esto pasaría— sentenció.
—Tal vez sí… pero yo no quería que…
—Lo sé. Muy en el fondo aún eres esa niña que fastidiaba de pequeña.
Fruncí el seño con molestia. Detestaba cuando sacaba a relucir esa parte de nuestra infancia.
—No te enojes— replicó ella— ¿qué piensas hacer?
—Yo… la verdad.
Me quedé en silencio durante un buen momento pensando.
—¿Sabes? Yo solo le gusto a Antonio. Ellos llevaban cuanto ¿un año y medio? ¿Te das cuenta de cuanto tiempo es eso?
Katte tan solo me seguía los pasos callada.
—¿Qué pasa si lo de él es solo un capricho? ¿O lo mío?— Continué— aparte, yo estoy segura de que Alejandra es muy importante para él— tragué saliva— incluso mucho más que yo.
Esa última frase me dolía de veras. Porque era una verdad irrefutable, algo que siempre supe. Una especie de karma que me seguía a todas partes. Yo siempre sería la segunda, jamás la primera.
—Eso también podría ser cierto.
—No tengo derecho— dije terminando— ellos eran felices antes… ahora.
—Él está enamorado de ti.
—¿Acaso lo sabes? Entre gustar y estar enamorado hay un abismo enorme…
—Eso nos deja con que harás…
—Me alejaré de Antonio— dije intentando sonar segura.
Más incluso antes de formular esas palabras, yo ya lo echaba de menos.
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Ignorarlo resultó mucho más sencillo de lo que planeaba. Y yo no sabía si eso era bueno o malo.
La campana del recreo sonó con mucho ruido. Yo me quedé sentada, tan solo pensando que era un fastidio que Katte tuviese una prueba, y justamente no pudiese acompañarme como siempre lo hacía.
Casi sin poder evitarlo, pegué una mirada hacia Antonio. Él como siempre estaba inmutable, riéndose con sus amigos, mientras estos se palmoteaban la espada. Algo así como el idiota estilo “macho Alfa” que poseen los chicos.
Cuando lo veo así tan despreocupado, muchas cosas pasan por mi mente. Demasiadas preguntas que tan solo acaban confundiéndome más.
Me pregunto si es conciente de las cosas que han pasado. O de cómo las cosas han tomado este giro… tan tonto si se pudiera describir.
Pareciera como si nada hubiese pasado para él. No es como yo, no es una patética marioneta que sonríe pretendiendo que es feliz, él ríe de veras.
¿Era verdad que sentía algo por mí? Si apenas yo no le dirigía la palabra él hacía lo mismo.
—Soy una tonta— dije garabateando una hoja.
—Hola Ange— era la voz de Ignacio.
Levanté la mirada un poco molesta. Detesto cuando estoy inmersa en mis pensamientos, y gente que ni siquiera es amiga mía viene a fastidiarme. Él ignora mi cara de fastidio por completo y se sienta muy ufano en el puesto de Felipe.
—Hola… —exclamé extrañada.
—Bonito clima el de hoy.
Volví a arquear mi ceja derecha.
—¿Vienes a hablarme del clima?
—En realidad no— suelta un poco nervioso— parecías algo pensadita hace un rato. Y aparte me da pena esa pobre hoja de block, mírala toda rallada.
—¿Cuál es el punto?— concluí ocultándola debajo de la mesa.
—Que quizá necesites hablar con alguien…
Desvié la mirada hacia la ventana. Las palabras de Ignacio no traían ningún tipo de sarcasmo oculto.
—¿Tú que piensas de los seres egoístas?— pregunté sin mirarlo.
—Del egoísmo… —repitió un poco nostálgico.
—Así es— finalicé volviendo a mirarlo a la cara.
—Que quizá no sea tan malo como lo pintan. El amor es sumamente egoísta… si lo miras de un modo frio...
—¿pero…?— comenté alentándolo a seguir.
—¿Tiene algo de malo aferrarnos de uñas y dientes de aquello que nos hace felices?
Vaya. Yo jamás lo había vislumbrado de esa manera tan simple pero tan lógica.
—Siguiendo esa línea entraría en juego, si es correcto hacer de todo para ser feliz.
—¿Algo así como que el fin justifica los medios?
—Si quieres ponerlo de esa manera. Pero también deberías pensar si vale la pena.
Y nuevamente la realidad me escupía en la cara. Suspiré melancólica apoyando mi cara en mis manos.
—Supongo que tienes razón también en eso.
Él se sonrió de lado.
—Bueno sea lo que sea que te atormente— finalizó— no deberías traer esa cara de funeral.
Ahora fui yo quien sonrió sarcásticamente.
—¿Así mejor?
—Solo un poco— me dio una palmada en la cabeza— como sea espero haberte ayudado aunque fuese un poco.
—Solo un poco— dije devolviéndole el comentario.
—Mira si hasta la cara de fastidio se te borró.
Y eso era cierto. Hace apenas unos minutos atrás casi lo había golpeado cuando se sentó a mí lado. Ahora en cambio me estaba riendo con él.
Entonces un ruido captó nuestra atención. Era Antonio, quien como hace unas semanas atrás se instalaba en el puesto del profesor.
Extrañamente eso me dio pena. Hace unas semanas no tenía este lío con él, éramos amigos incluso y Alejandra no sufría por mí culpa.
—¿Hablan de algo interesante?
“De nada que te importe” ese era mi dialogo en esta parte. Más ahora solo me puse los auriculares para poder ignorarlo.
—Cosas entre nosotros— contestó Ignacio secamente.
“Cosas entre nosotros” esa frase se coló en mi mente. Asombrada me di cuenta que él me estaba defendiendo.
—¿De veras?— dijo Antonio dispuesto a pelear, más lo detuve con una solo mirada.
—No te entrometas donde no te llaman. Al menos Ignacio es capaz de ser consecuente con sus palabras.
—Si quieres decirme algo sé más directa— respondió Antonio enfadado.
—Lo que escuchas. Posiblemente él seguirá actuando acorde a sus palabras. No se comportará como un imbecil que nada ha dicho a las semanas.
Antonio se quedó helado. Por primera vez no hubo respuesta de sus labios.
—Piensa lo que sé te de la gana.
—Eso hago— dije quedándome en silencio.
Él se levantó del asiento. Justamente en ese momento sonó la campana para entrar a clases. Ignacio también se retiró en silencio
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“¡Idiota! Pensaba mientras guardaba mis cosas con violencia en mi mochila.
“¡Qué fue acaso eso! ¡Una seudo escena de celos! ¡Con que derecho el muy tonto!”
Otro cuaderno lanzado al fondo del maletín.
“¡Y acaba diciéndome piensa lo que quieras! ¡Como si fuera mi culpa!”
Felipe me miraba algo asustado verme arreglar mis cosas, como si estuviese entrenando para un ring de boxeo.
—¿Ange?
—¡Dime!— le grité sin percatarme— ¡Lo siento ando…!
—Angélica… acaso tú— dijo con recelo.
¡Mierda lo ha descubierto todo!
—¿Estás con la regla?
—¡Qué! ¡Que acabas de decirme!
—Eso sería raro— comentó como si nada— eres bastante regular y que yo sepa te llegó la semana…
—¡Cállate Felipe!— dije tapándole la boca con el delantal, mirando a todos lados. —¿Cómo supiste que yo…?
—Tonta soy tu mejor amigo, convivo contigo.
Abrí los ojos impresionada.
—Y la otra semana traías un paquete lo suficientemente grande como para un batallón —finalizó con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Felipe!— grité dispuesta a matarlo, más él fue mucho más rápido que yo.
—¡Te espero en el comedor!— salió huyendo medio muerto de risa por la expresión de mi cara.
Una media sonrisa se formó en mi cara. Felipe siempre hacía esas payasadas cuando me encontraba muy seria, o muy enfadaba. Era su manera de decirme que se preocupaba por mí, más no quería atosigarme con preguntas.
Si tengo amigos muy especiales…
Mientras mis músculos se relajaban el recuerdo de la discusión con Antonio me hizo sentir pésimo. Pero ¿acaso esa no era mi decisión? Sencillamente olvidarlo, seguir adelante como si nada hubiese pasado.
Si al fin y al cabo, él actuaba de la misma manera. ¿Valía la pena acaso intentar algo, si él se mantenía aun más distante que antes?
—Angélica— dijo Antonio mientras se acercaba a mí.
“Recuerda distancia, distancia por lo que más quieras” me recordó mi conciencia a medida que él se aproximaba a mi metro cuadrado.
—Me evitas como la peste.
—Mira quien lo dice— dije sin mirarlo tomando mis cosas dispuesta a largarme.
Pero la mano de él retuvo el bolso a la mesa. Ese gesto provocó que lo mirase a los ojos.
—¡Que te pasa! Sueltame hay gente que me espera.
—Mira digas lo que digas, lo que te dije hace poco… era verdad— susurró con un poco de rubor en sus mejillas.
—Si lo dices con esa convicción— le devolví molesta.
—¡Como quieres que tenga convicción si no me has dicho nada!
—¡Y que se supone que te diga! Antonio seamos novios— dije imitando un tono empalagoso—para que, para que me digas, no Angélica no quiero estar contigo.
Antonio abrió los ojos sorprendido a más no poder.
—¿Cómo lo…?
—Te conozco— repliqué amargamente— Alejandra es demasiado importante para ti… quizá por cuanto tiempo más será así. No vale la pena responderte si las cosas van a terminar de esa manera.
Antonio aflojó la presión de su mano. Yo con lentitud tomé mis cosas, intentando tragarme mi pena.
Más antes de poder partir, él me retuvo por el antebrazo.
—Por ultimo déjame despedirme.
No me dio tiempo a reaccionar. Él se acercó hasta casi tocar nuestros rostros. Mi corazón volvió a volar a mi garganta, y mis labios temblaron entre abriéndose lentamente. Los dedos de él se enredaron en mi cabello.
—Es verdad lo que dices… sin embargo.
Rompió la distancia entre nosotros… para dejar un beso en la comisura de mis labios. No fue un roce suave, tomo todo lo que pudo con su labios, suspiré rendida a la par que él se alejaba.
—Pero eso no quiere decir que no me gustes un montón.
Yo mientras tanto tan solo pensaba.
“Porque carajo siempre tienes que terminar ganando.”

Capitulo Nueve

¿Celos?
La envidia y los celos son hermanos… procura no ofender al primero porque el segundo puede matarte.
—¿Pecados capitales?
Felipe retomó el diccionario para buscar el significado de esas palabras. Yo lo miré nuevamente incrédula.
—¿Me estás…?
—Angélica de no estar en la luna todo el tiempo, te hubieses enterado que tenemos que hacer esto para filosofía.
—Vale… entendí, no era necesario el sarcasmo.
Luego de unos minutos en silencio, Felipe arqueó una ceja y preguntó muy serio.
—¿Alguno con el cual te sientas identificada?
Revisando entre los siete pecados capitales, mi dedo se concentró en uno.
—Pereza… ¿O gula?— me reí con entusiasmo— soy muy básica.
—¿Estás segura?—dijo algo incrédulo— pensé que elegirías este.
Con su dedo señaló una sola palabra. Envidia.
—¿Y eso por?
—¿Acaso no sentiste algo parecido cuando vislumbraste a Armando con la otra chica?
¿La verdad? la sola mención de ese suceso no ocasionaba el caos que yo esperaba. Y eso ya era decir bastante.
—Es complicado envidiar algo que jamás tuviste.— comenté sin dejo de pena alguno.
—Entiendo. Por si estás curiosa, ese sería el mío.
Enarqué mis cejas, dudosa de sus palabras.
—Felipe… ¿Qué tendrías que envidiar?. Eres un buen estudiante, tienes el futuro asegurado ¿sigo?
—La capacidad de amar. Tú sabes, nunca lo he hecho, y sería lindo saber como se siente.
—¿Te digo como se siente? Asqueroso— comenté con algo de furia— de repente eres un ser dependiente del otro, sin capacidad de ver más allá de lo que él observa. Y te sientes patéticamente feliz por eso.
Él estalló en una carcajada algo triste.
—Aún así te envidio un poco— puntualizó—. Y de ser completamente sincero, lo más cercano a eso, es lo que siento por ti. Eres como una segunda copia mía, casi mi gemela.
Muchas veces habíamos tocado ese delicado tema. Era como si algo, pequeño y fino, nos separase y siempre quedábamos en lo mismo. Éramos amigos.
—Lo sé— suspiré— si esta vida fuese simple, si no fuese tan jodidamente compleja, tú y yo seríamos felices juntos.
—Amén.
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Corría y corría para llegar a tiempo. Aún no comprendía que me sucedía del todo, pero era capaz de acostarme a una hora decente, solo para quedarme mirando el techo.
He estado con tanto insomnio como para averiguar el número exacto de clavos de todas las paredes.
La reja del liceo estaba a punto de cerrarse.
—¡Esperen un momento!— grité como una loca. Una mano blanca y de hombre la detuvo al seco. Yo me detuve al ver quien era.
Antonio. Él estaba algo apurado, con la respiración entrecortada, sus mejillas teñidas de carmesí.
Y por alguna razón yo no podía dejar de mirarlo como una tonta.
—¡Qué esperas entra!
Pestañee como una boba, para luego reaccionar. ¡Verdad! ¡Es tarde!
—¡Claro!
Ambos corrimos hacia la sala. Muchas veces intenté mirarlo a los ojos, pero él rehuía mi mirada. Antes de entrar a la sala, me observó de pies a cabeza.
—¿Qué es esto?— preguntó apuntando mis ojeras.
—Este… tú sabes, la musa a veces no quiere irse a la cama— dije bajandole el tono al asunto.
—No tienes porque mentirme.
—Entonces no te metas… porque al fin y al cabo.
Él me silenció con una frase la cual logró que se me paralizara la respiración.
—Ni se te ocurra decirme que no te importa.
Antonio entró primero a la sala, sacudí la cabeza para despejarme el sueño. ¿O acaso estaba preocupada por lo que él pensaba?
—Buenos días.
—¡Ange! ¿Y esas ojeras?— deslizó sus dedos alrededor de mis ojos— desde hace días que las noto.
—No es nada importante. Solo tengo insomnio nada más.
En medio de eso, el profesor llegó de la nada. Tenía el ceño fruncido y al parecer, traía bronca para todos nosotros.
—Saquen una hoja— comentó en voz baja, pero todos nos quedamos quietos— ¡Acaso no escuchan!
Todos le hicimos caso sin chistar. Suspiré, realmente necesitaba un milagro para pasar esta materia. Así que comenzamos a copiar todos los ejercicios puestos en la pizarra.
—Ahora me retiro. Tengo una diligencia que hacer— comentó arreglando sus cosas— quiero este trabajo en mi despacho antes de las doce.
¡Qué! Él definitivamente quería que todo el mundo lo matase. Las ecuaciones lucían interminables, en todo lo ancho y largo de la pizarra.
Y yo no estaba precisamente en mi mejor estado para resolver problemas matemáticos.
Finalmente el madito se fue de la sala. Yo con Felipe nos dedicamos a intentar descifrar la pizarra… aunque como siempre a él le resultara más fácil que a mí.
—¡No me hagas cosquillas!
Ese semigrito llamó mi atención. Desvié la mirada lo más disimuladamente que pude, y allí estaban los dos. Envueltos en su burbuja de “aquí nada ha pasado”, riéndose como siempre, felices los dos de estar juntos.
Algo se resquebrajó. De repente estaba mordiéndome los labios muy fuertes para no decir nada, y me quede congelada de la impresión, apretando al pobre lápiz de mina con furia.
¿Alguien podía explicarme con manzanitas que cresta pasaba?
—¿Ange?— la voz de Felipe logró volverme a la realidad— ¿algún problema?
—¡Para nada! ¡Como se te ocurre que yo tengo un problema!— dije al borde de los gritos— ¡Acaso no me ves la sonrisa de oreja a oreja que tengo! ¡Todo es perfecto por aquí!
Él no se inmutó por esa escena. Por lo general suelo perder la paciencia con esta materia, pero yo sabía que este arrebato nada tenía que ver con matemáticas.
—Vale, si tienes alguna duda…
—Lo siento— suspiré— te preguntaré, sabes que me pasa cuando me dejan un testamento en mate.
Felipe solo sonrío. Esa sonrisa misteriosa que tiene, cuando ya me ha pillado. Sin necesidad de preguntarme, él como siempre se ha enterado de todo lo que me pasa.
—Como digas Ange.
Intenté seguir como si nada, pero toda la atención recaía sobre esos dos. De repente me sentía entre frustrada, algo apenada y luego furiosa.
¡Después de todo lo sucedido, esos están pegados como si nada!
Calma Angélica, me repetí a mí misma. Debería estar calmada, y esta escena no debería molestarme…
Es verdad, esto debería ser normal. Verlos juntos es algo que he hecho desde hace un año, y jamás me molesté por algo así.
Casi como por casualidad, pude ver a Alejandra intentando abrazarlo. Antonio se alejaba de ella, pero reía con ganas.
Esto me estaba volviendo loca. El estomago lo tenía completamente revuelto con una sensación que nunca antes experimenté, pero que la reconocí bastante tarde.
Eran celos… así de simples. Presioné el lápiz más fuerte sobre el papel, cuando esa palabra surgió en mi mente y cobró una fuerza inusitada.
—¡Tonto lápiz!— dije intentando sacarme el enojo.
Todo era demasiado complicado ahora.
__________________________________
La campanada para salir sonó al fin. Luego de un día francamente interminable, podía largarme a casa, para pensar otra vez en que demonios me pasaba con Antonio.
—Hola— susurró una voz a mis espaldas.
Y ahora que… ¡Dios dame paciencia!
—Hola— contesté secamente sin ganas de mirarlo.
Él no se movió de su sitio, permaneció detrás de mí. Y yo no tenía el ánimo como para mirarlo a los ojos.
—¿Puedes largarte? Ha sido un mal día en muchos sentidos.
—¿Podrías al menos mirarme a la cara?
Me di vuelta, furiosa hasta más no poder.
—¿Mejor así? ¡Anda escupe rápido que quieres!
Antonio no me dijo nada, solo desvió la vista algo avergonzado.
—¿Acaso te he hecho algo?
—No, nada has hecho… eso es lo que pasa. Eres un mentiroso ¿sabes? No te creeré nada de ahora en adelante.
Tomé mi bolso, empujándolo con bastante fuerza para pasar. Luego encaminé mis pasos lo más rápido que pude para la salida.
Escuché unos pasos, miré por encima de mi hombre y pude verlo siguiéndome.
Esto tenía que ser una broma.
Me detuve en seco, dispuesta a parar todo esta tontería.
—¡Ok! ¡Te escucho!
Antonio tomó aliento, antes de preguntarme en tono sumamente serio.
—¿Qué carajo te hice ahora?
¡Y él muy idiota me pregunta!
—¡No te parece poco el mentirme de esa manera!— solté de la nada— primero decirme que terminaste con Alejandra, luego decirme que te gusto. Todo para que terminara siendo ¿Qué? Una mentira… ¡Púdrete Antonio!
—Eso no es una mentira.
—¡Por supuesto que si! Media clase vio tu encantadora escena con ella en la mañana. Así que si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer.
Decida en dejarlo plantado, me di la vuelta con intenciones de dejarlo. Más él nuevamente me siguió los pasos.
Lo aguanté durante unos cuantos minutos, aunque las ganas de romperle la cara me comían los puños.
—¡Eres tonto o te haces!
—¡Tú estás celosa!— comentó felizmente.
Mi pobre cara se puso de color carmesí, rápidamente me volteé para negarlo todo.
—¡Claro que no idiota egocéntrico!
—Como digas— dijo posando su mano en mi cabeza— y para tu información, pequeña boba, no he vuelto con ella.
La impresión de sus palabras me dejó muda por unos instantes.
—Si claro.
—Como siempre me dices cree lo que quieras— comentó como siempre tranquilo— ¡Quien diría que eres tan celosa pequeña!
—¡Qué no lo soy!
Estuvimos discutiendo hasta muy entrada la tarde.

Capitulo ocho

Aceptación.
Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados una a arrollar, el otro a no ceder; la senda estrecha, inevitable el choque.
—¡Maldición! ¡Me quedé dormida!
Raudamente volé al baño, encendí la regadera para sacarme la modorra del cuerpo. Por alguna extraña razón me sentía inquieta, como si algo muy importante hubiese pasado…
—¡Mierda! — grité en la ducha cuando todos los recuerdos del día anterior volaron a mi mente.
El día anterior las cosas pasaron demasiado rápidas como para asimilarlas por completo.
Para que decirlo, no tenía ganas de ir a mi escuelo. Más si hay algo que la vida nos demuestra a cada instante, es que el mundo no se detiene solo porque tú lo deseas.
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—¡Te gusta!
—¡Qué no!
—¡Admítelo!
Luego de salir corriendo de donde Antonio, llegué a la sala de Katte. Unas ganas inmensas de llorar me embargaban. Ella miró mi rostro, arregló sus cosas y me dejó en su casa.
Allí estuve durante un largo rato sin hablar. Katte me dejó tranquila, retirándose a la cocina a preparar el almuerzo.
—¿Aún algo shockeada?— preguntó desde allí.
Como tantas veces no supe que responderle.
Pasé mi mirada por el living, con la mente revuelta de distintos recuerdos, emociones y dudas. Hundí mi barbilla entre mis dedos, demasiada confundida hasta como para sentirme en shock.
—Supongo— exclamé solo por decir algo.
—Entiendo— ella tomó asiento a mi lado— debe ser una fuerte impresión, darte cuenta que te gusta Antonio justamente el día que se te declaró.
Nuevamente el carmesí inundó mis mejillas.
—¡Mentira! ¡Como osas decir semejante tontería!— la tomé de los hombros con decisión— ¡Ni se te ocurra decirlo otra vez!
—Aún no te veo.
—¡Veo qué!
—Niégamelo, dime que no sientes nada por él.
Desvié la mirada molesta, soltándola del agarre en que estaba.
—¡Eso! ¡Eso no significa nada!
—Como digas— Katte tomó un poco de agua, tranquilamente mientras yo me revolvía— te escucho.
Le conté todo lo sucedido con pelos y señales. Ella escuchó todo con paciencia.
—¡Y ahora no sé que hacer!
—Primero— dijo sacando un pañuelo, secándome el rostro— si quieres llorar hazlo.
—¡Detesto llorar!— exclamé sintiendo como me traicionaban las malditas— ¡Lo detesto!
—Segundo… ¿qué sientes?
¿Qué siento? ¿Mis sentimientos?
Aunque las lágrimas seguían brotando sin poder contenerlas, me quedé pensando en la última pregunta de Katte.
—En cuanto sepas eso todo será más fácil.
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—¿Qué siento?
Aún podía escuchar las palabras de Katte, arrastradas por el viento de otoño. Estaba camino al colegio, intentando mostrar una cara de póquer, de que nada pasaba por mi mente.
Llegué a la sala casi corriendo, con las mejillas rojas.
Revolví todos los rincones de la sala, Antonio no estaba en ninguna parte. Solté un tremendo suspiro… definitivamente aún no estaba lista para enfrentarlo.
—¡Qué demonios pasó ayer!
Ese grito me llegó de sorpresa, el rostro de él no era nada de sereno. Me tomó del antebrazo dejándome en mi puesto.
¡Hay no! ¡Y recién acabo de llegar!
—Nada importante Felipe— mentí descaradamente.
—Tú a mí no me engañas.
Me mordí los labios, nerviosa hasta más no poder. Él al ver este gesto se relajó durante un momento.
—Vale si no quieres hablar es cosa tuya— cruzó los brazos sobre su pecho—solo ten claro algo...
—Dime…
—Estaré allí pase lo que pase.
Casi como si supiese todo. Como si de alguna manera pudiese leerme la mente. Me arrebujé a su lado como todos los días. Él acarició mi cabello por largo rato.
Al menos estaba segura de que esto nunca cambiaría.
—Gracias
—Por nada.
Antonio no se apareció en todo el día.
Y fatalmente yo lo extrañé cada segundo del día…
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Caminaba a casa. Decidí irme sola para ordenar mis ideas. Katte solo me sonrió cuando le comenté sobre eso.
—Será lo mejor—me sonrió para animarme.
—¿De veras? ¿Estarás…?
Ella me irrumpió, callándome con el dedo índice de su mano.
—Preocúpate por ti ahora.
Sonrió y se alejo calle arriba.
Y ahora estaba en el parque. Saqué la bufanda de mi bolso, para abrigarme. El verano había terminado hace algunas semanas, y el otoño aparecía ante mí. Las hojas formaban una alfombra de polvo de oro, los árboles mostraban su ocre, dorado, castaño… tantos matices.
—Siempre amaré el otoño… es mucho más rico en matices que cualquier estación.
Me senté en un banco, sintiéndome mas tranquila con la brisa de otoño.
—Conozco a Antonio desde hace tanto tiempo… quizá demasiado tiempo.
Los recuerdos no tardaron en aparecer.
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—¡Es él!
—¿De veras?
Mi amiga señalaba a un sujeto alto y delgado. Solo podía observar su espalda desde esa distancia.
—Entonces, él te rechazó.
—¡Si él es el idiota!
—¡Qué se ha creído!—bramé furiosa—le daré una paliza que no olvidará
—Espera… Angélica.
Pero mi amiga quedó atrás. La había escuchado con paciencia todos los días, la alenté a seguir con sus planes… y ahora este imbécil se reía en su cara de sus sentimientos. Eso era el colmo.
—¡Hey tú!— exclamé encarándolo a punto de golpearlo.
—Dime.
El sujeto se dio la media vuelta. Unos ojos azules me enfrentaron. Al parecer ni siquiera intuía el porque de mi ira.
—¡Eres un…!
Más antes de empapelarlo en insultos, una mano blanca y delicada cubrió mi rostro.
—¡Antonio! Ella es Angélica… mi amiga.
Esa mano bajo de mi rostro, y la mirada de ella me indico que me callara. Entonces sonreí falsamente diciéndole.
—Mucho gusto.
—El placer es todo mío— sonrió él— que niña tan tierna— exclamó tocando una de mis mejillas.
Esto era el colmo. De un manotazo aleje su mano de mi rostro.
—No me toques sin mi permiso— me di la vuelta y me fui.
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Terminé riéndome de mi misma. Es increíble como el tiempo se enreda, y te da pequeñas lecciones.
Seguramente él jamás le rompió el corazón a nadie… pero se lo rompió a Alejandra.
Suspiré melancólica. Y más recuerdos se sumaron a la lista.
Como cuando me regalaba una sonrisa para animarme. Cuando peleábamos infantilmente intentando superar al otro. Cantando canciones desafinadas de animé.
Cuando me ayudó con Armando… animándome incluso en tonterías
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—¡Lloraré!
Antonio se acercó a mí, rodeándome con un abrazo fraternal.
—¿Qué paso ahora?
—Mira— señalé un cartel a nuestro lado—¡Es un concurso de literatura! ¡Y solo por un tonto año no podré participar!
Realicé un berrinche digno de una chiquilla de cuatro años. Antonio se hecho a reír mientras seguíamos caminando. En medio de eso, me calme y pude razonar un poco mejor.
—¡Lo haré el próximo año! ¡Pobre de aquel juez que no me nombre ganadora!
—Si temen por su integridad física lo harán, aunque tú no necesitas eso.
—Gracias Antonio— dije sonriéndole.
—Y mejor te suelto porque me pongo nervioso—soltó medio en broma medio en serio.
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—Tonto—sonreí— aunque quizá yo sea más boba que él.
Él estuvo a mi lado en todo momento, y ahora solo por el hecho de faltar, sentía que algo no encajaba, como si una pieza de mi día estuviese incompleta
De alguna manera Antonio siempre estaba a mi lado, y aunque a mí me costara todo mi orgullo aceptarlo… lo necesitaba, muchísimo más de lo que podía ver en ese momento.